EL RIESGO DE QUE EL PASADO VUELVA A ESTAR DE MODA
This essay was originally published in English on Atlas of Attention.
El robo del Tesoro de Villena (España) obliga a pensar no sólo en la seguridad de los museos, sino en lo que ocurre cuando la cultura popular devuelve el pasado remoto al centro de nuestra atención.
Hay algo desconcertante en que uno de los grandes tesoros europeos de la Edad del Bronce haya sufrido un robo de esta magnitud precisamente este verano. Millones de espectadores han vuelto a navegar por el Mediterráneo homérico de la mano de Christopher Nolan. La Odisea ha devuelto un poema de veintisiete siglos al centro de la cultura popular. Y, en Villena, unos asaltantes necesitaron apenas unos minutos para llevarse buena parte de un conjunto arqueológico que había llegado hasta nosotros desde el Bronce Final.
No existe evidencia alguna de una relación causal entre una película de Hollywood y un robo en Alicante. Pero la coincidencia permite plantear esta pregunta: ¿qué ocurre con los objetos del pasado cuando la cultura de masas vuelve visible y deseable ese pasado?
Sabemos que la atención cultural puede tener consecuencias económicas. Una investigación doctoral presentada este año en University College London analizó treinta años de subastas en Londres y Nueva York alrededor de las grandes exposiciones de Tutankamón de los años setenta. Su conclusión es significativa: aquellos primeros grandes fenómenos museísticos produjeron un aumento inmediato y mensurable de la demanda de antigüedades egipcias. La atención cultural se trasladó también al mercado.
Este mismo verano hemos visto una imagen extraordinariamente gráfica de esa circulación de valores. Durante la promoción londinense de La Odisea, Zendaya apareció con unos pendientes realizados con placas de oro iraníes de casi tres mil años, prestadas por un marchante de Mayfair. Su procedencia y su transformación en joyería contemporánea suscitaron preguntas entre arqueólogos y especialistas en patrimonio. La imagen era difícil de mejorar como símbolo: objetos arqueológicos convertidos en accesorios de una estrella durante la campaña que devolvía la Antigüedad al centro de la cultura popular.
No se trata de culpar al cine, a la moda o a las celebridades de un tráfico que existe desde mucho antes. La cultura popular no crea por sí sola el mercado criminal pero sí redistribuye atención. Puede hacernos releer a Homero, viajar a Grecia o entrar por primera vez en un museo arqueológico. Y puede introducir determinados objetos en nuevos circuitos de deseo, prestigio y valor económico.
El caso de Villena muestra, además, que no existe una única manera de convertir el pasado en mercancía. Para un coleccionista ilícito, la antigüedad y singularidad de una pieza pueden constituir precisamente su atractivo. Para quien roba oro con intención de fundirlo ocurre lo contrario: el objeto adquiere utilidad cuando pierde su identidad. Un mismo brazalete puede ser deseable porque tiene tres mil años o porque, destruido, deja de importar si los tiene.
Esa segunda amenaza se ha intensificado. Sólo tres días antes del robo, Europol advertía de un cambio en los métodos y objetivos de los asaltos a museos europeos: más fuerza y confrontación, y una atención creciente a metales preciosos, gemas y otros objetos de alto valor. El informe describe también la participación de delincuentes procedentes de otros mercados criminales y grupos menos especializados. El problema, por tanto, no puede reducirse a la idea de que los museos hayan dejado de proteger: también está cambiando el adversario.
Y Villena encaja mal en el relato fácil de un museo local desatendido. Antes de la apertura del MUVI, dos auditorías de seguridad establecieron medidas y mejoras que fueron asumidas e implementadas. La sala del Tesoro contaba con cámara acorazada, vidrios de seguridad, acero, sensores y varios anillos de alarma; las cámaras de videovigilancia funcionaban de forma permanente. Estos datos no permiten concluir que el museo careciera, por ser local, de recursos o de una política de seguridad a la altura de lo que custodiaba.
De hecho, la respuesta institucional ya se estaba moviendo antes y alrededor del robo. En la Comunitat Valenciana existía una línea del Plan Restaura 2026 que incluye expresamente mejoras de seguridad en museos y colecciones, y tras los asaltos recientes el Ministerio y las comunidades autónomas han comenzado a revisar conjuntamente los protocolos. La Generalitat ha presentado Villena no como prueba de que los museos españoles carezcan de medidas, sino como una señal de que es necesario adaptarlas a una amenaza que evoluciona en toda Europa. Esa formulación importa: desplaza la pregunta de la supuesta negligencia a la capacidad de adaptación.
Ahí aparece una dificultad incómoda. Una alarma avisa; no necesariamente frena. Si quienes asaltan un museo diseñan el golpe para durar sólo unos minutos, la eficacia de la seguridad depende también de cuánto tiempo resisten físicamente los accesos y vitrinas, de cómo se transmite la alerta y de cuánto tarda en llegar una respuesta humana. La tecnología puede acabar desempeñando una función paradójica: permitirnos ver, casi en directo y con extraordinaria precisión, cómo desaparece aquello que no ha conseguido detener.
La respuesta, por ello, tampoco consiste simplemente en añadir más cámaras. INTERPOL recomienda proteger los recintos, mantener inventarios precisos y fotografías de los objetos, y comunicar inmediatamente los robos; además, facilita el intercambio internacional de información, analiza tendencias y mantiene una base de datos mundial de obras robadas. Ese trabajo es esencial para la identificación, la recuperación y la persecución del tráfico, pero la prevención física sigue dependiendo de una cadena más amplia: detección, resistencia, personal, procedimientos, inteligencia y capacidad de respuesta. Si alguno de esos eslabones queda calibrado para el ladrón de ayer, un sistema sofisticado puede dejar de ser suficiente frente al de mañana.
El Tesoro de Villena no es «homérico». Pertenece a una sociedad distinta, en el otro extremo del Mediterráneo. Pero procede del amplio horizonte temporal del Bronce Final, cuando también se transformaba el mundo micénico cuyo recuerdo acabaría resonando en Homero. La comparación permite observar lo que cada una nos ha dejado.
Del mundo micénico conservamos ruinas, armas, cerámicas, oro, escritura y una tradición narrativa que convirtió a Agamenón, Aquiles y Odiseo en habitantes permanentes de nuestra imaginación. De quienes fabricaron, utilizaron y ocultaron el Tesoro de Villena sabemos mucho menos. No conocemos sus nombres, no sabemos cómo se llamaban a sí mismos y no conservamos sus poemas. Su historia depende mucho más de los lugares que habitaron y de los objetos que dejaron. Fundir uno de esos brazaletes no sería sólo destruir una joya: sería borrar evidencia de una sociedad que no dejó otro texto con el que podamos reconstruirla.
El robo ha reabierto inevitablemente el debate sobre dónde deben custodiarse estos bienes. Pero tampoco demuestra que la solución sea concentrarlos en unas pocas instituciones nacionales. Los grandes museos europeos no son invulnerables. Y separar sistemáticamente los objetos de los territorios en los que aparecieron tendría otro coste cultural: convertir muchas ciudades y comarcas en lugares cuya historia auténtica sólo puede contemplarse en otra parte.
Que un tesoro de importancia internacional se conserve en un museo local no constituye, por sí mismo, una anomalía de seguridad. En el caso de Villena sabemos, de hecho, que existieron auditorías, medidas físicas y sistemas de detección relevantes. El desafío es más exigente: revisar de forma continua si esas medidas siguen respondiendo a un riesgo que también cambia.
Este verano, La Odisea ha demostrado que una historia puede atravesar casi tres mil años y volver a llenar una sala de cine. Villena nos recuerda la posibilidad contraria: que un objeto atraviese esos mismos milenios y desaparezca en unos minutos. Del mundo que llegó hasta nosotros a través de Homero conservamos objetos y palabras. De otras sociedades sólo conservamos los lugares que habitaron y las cosas que dejaron atrás. Hay sociedades desaparecidas que tuvieron la fortuna de dejarnos historias. Otras sólo nos dejaron cosas. A esas últimas no podemos permitirnos hacerlas desaparecer dos veces.
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