Entre la pasividad y la escalada
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| Image adapted from Kevin Wang’s |
An English version of this article is available in Atlas of Attention.
«No estamos en guerra, pero somos a diario objetivo de una guerra híbrida». La frase con la que el Gobierno alemán acompañó su acusación formal contra Rusia por el intento de ataque con un dron explosivo en el aeropuerto de Leipzig/Halle contiene una paradoja que merece atención. Alemania no está en guerra y, sin embargo, describe su realidad cotidiana con el vocabulario de la guerra.
Los investigadores alemanes sostienen que las pruebas apuntan a responsabilidad rusa, y ningún Estado puede renunciar a proteger a sus ciudadanos y sus infraestructuras. La cuestión es qué ocurre cuando cada respuesta política abre el camino a una nueva escalada.
Un ataque exige una contramedida; la contramedida provoca una represalia; la represalia confirma la necesidad de una nueva respuesta. Cada decisión puede justificarse por la anterior hasta que la dirección del proceso adquiere apariencia de necesidad. La escalada deja de percibirse como una sucesión de decisiones y empieza a presentarse como algo inevitable.
EL PAÍS señalaba esta semana que la guerra híbrida rusa contra Europa ya no puede considerarse una amenaza teórica y que exige medidas defensivas. Es difícil discutir la primera parte de ese diagnóstico pero podemos interrogar la segunda: defenderse no debería significar que toda respuesta deba empujar las relaciones un poco más hacia una lógica bélica. Entre la pasividad y la escalada existe un espacio político que Europa parece cada vez menos dispuesta a explorar.
El contexto alemán lo hace especialmente delicado. Sajonia-Anhalt ha votado este domingo y las primeras proyecciones sitúan a la Alternativa para Alemania (AfD) en torno al 44,5% de los votos, más del doble de su resultado de 2021, mientras la CDU cae a alrededor del 18,5%. El partido ha hecho de su oposición a la implicación alemana en Ucrania y a la confrontación con Rusia una parte central de su discurso. También acusa al Gobierno de aplicar un doble rasero: exige responsabilidades rusas por Leipzig mientras, sostiene la AfD, trata de otro modo la investigación sobre Nord Stream, en la que han aparecido sospechosos ucranianos.
La AfD ha sabido ocupar precisamente ese espacio, convirtiendo las dudas sobre la escalada y la implicación alemana en Ucrania en parte de su atractivo electoral. Si toda objeción a una mayor implicación militar queda asociada a ingenuidad, deslealtad o simpatía por Putin, los partidos democráticos corren el riesgo de ceder a la extrema derecha el lenguaje de la prudencia, el escrutinio, la contención y la diplomacia.
Hay además pérdidas menos visibles. Berlín ha decidido cerrar la Casa Rusa, una institución sobre la que pesan sospechas serias de propaganda e influencia y cuya organización gestora está sancionada. Las razones de seguridad para cerrarla son reales, pero el riesgo de una represalia contra el Goethe-Institut ya se ha materializado: Moscú ha anunciado el cierre de sus filiales en Rusia, cortando uno de los pocos vínculos culturales que aún conectan a ambas sociedades. Cuando desaparecen los lugares en los que rusos y alemanes todavía pueden encontrarse a través de la lengua, la literatura o la cultura, se reduce también una de las infraestructuras que permiten ver al ciudadano del país adversario como algo distinto de una abstracción geopolítica.
Los institutos culturales no detienen drones y la diplomacia no sustituye a la defensa. Pero una política de seguridad que solo sabe reforzar aquello que sirve para confrontar y va debilitando aquello que permite mantener contacto termina modificando el mundo que pretende gestionar. Llamamos enemigo al otro, reducimos los espacios en los que podríamos conocerlo de otra manera y acabamos encontrando confirmación de que la enemistad es la única relación posible.
Todo esto sucede, además, en un momento histórico extraño. Europa se reorganiza económica y políticamente alrededor de la defensa precisamente cuando la crisis climática exige niveles extraordinarios de cooperación internacional. Inundaciones, incendios, olas de calor, inseguridad alimentaria, desplazamientos de población y presión sobre los recursos no reconocen bloques militares. La reciente catástrofe de Nepal hace dolorosamente concreta esa vulnerabilidad. Una Europa que deba dedicar cada vez más atención, dinero y capacidad institucional a la confrontación tendrá menos margen para afrontar amenazas que ningún ejército puede contener.
No se trata de equiparar guerra y cambio climático sino de reconocer algo que ambos fenómenos hacen visible: nuestra facilidad para convertir trayectorias construidas por decisiones humanas en acontecimientos que después llamamos inevitables. Una catástrofe climática puede aparecer como obra de la naturaleza aunque tras su gravedad haya décadas de emisiones, retrasos y decisiones políticas. Una escalada internacional puede terminar pareciendo igualmente inexorable aunque cada uno de sus pasos haya incluido opciones sobre el lenguaje empleado, la represalia elegida y las alternativas que ni siquiera se intentaron.
Hay otra razón para no confundir firmeza con automatismo. La guerra híbrida opera precisamente por debajo del umbral de la guerra abierta. Responder a sabotajes, ciberataques o campañas de desinformación exige inteligencia, policía, protección de infraestructuras, cooperación europea y capacidad de atribución. No todo aumento de seguridad pasa por aumentar el grado de confrontación militar. De hecho, cuanto más ambiguo es el terreno en el que actúa el adversario, más importante resulta conservar una gama amplia de respuestas en lugar de reducir la política exterior a una escala cuya única dirección posible es hacia arriba.
También importa quién conserva la capacidad de hablar cuando las relaciones se deterioran. La diplomacia suele parecer más prescindible justamente cuando más difícil se vuelve, pero esa dificultad es su razón de ser. Mantener canales abiertos no implica confiar en el interlocutor ni concederle legitimidad moral; permite transmitir límites, interpretar señales y, en una crisis, evitar que un error de cálculo se convierta en una decisión irreversible. La ausencia de diálogo no castiga solamente al adversario: también nos priva de información y de opciones.
Europa tiene derecho a defenderse. Puede incluso concluir que necesita más capacidad militar y una disuasión más creíble. Pero esa proposición necesita otra a su lado. Si estamos invirtiendo en las industrias, las instituciones y el vocabulario con los que podríamos librar una guerra futura, ¿dónde está la inversión equivalente en las instituciones, los vínculos y la imaginación política con los que podríamos evitarla?
Decir «no estamos en guerra» no debería convertirse en el preámbulo de una explicación de por qué debemos prepararnos para ella. Defenderse y desescalar no son acciones incompatibles. Tampoco diplomacia significa apaciguamiento ni prudencia significa debilidad. En un siglo en el que los grandes riesgos comunes exigirán cooperar precisamente a través de las fronteras que la geopolítica endurece, conservar el lenguaje de la paz no es una ingenuidad: es también una forma de seguridad.

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